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La Tuna se va de marcha… fúnebre

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Rafael Asencio González, 'Chencho'

Tuna de Medicina de la Universidad de Córdoba

 


 

A no dudar me ha sorprendido que haya gustado tanto la anécdota que, el torno a la canción “Clavelitos”, conté hace unos días y me ha animado a reeditar ésta que aconteció también hace bastante, justo antes de finalizar el curso 1991-1992, la cual considero a mi único juico asimismo una hablilla digna de contarse, y es que cuando crees que has actuado en los sitios más extravagantes aparece como por arte de magia la ocasión de hacerlo en otro de igual o mayor catadura… lo que ve el que vive.

El caso es que entonces la Tuna de Medicina Córdoba fue avisada para entonar trovas en el cementerio con motivo de una de las solemnes ceremonias que sólo en este siniestro lugar suelen realizarse.

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La invitación fue desechada pues se pensó que era burla, chanza o broma pero, la insistencia de los apenados familiares, el lógico morbo y las razones aducidas por el malogrado difunto en su testamento para ello, lograron convencernos de lo contrario (1).

Supimos, como digo, que el finado era antiguo tuno, y que viendo cerca su postrer momento escribió de su puño y letra el deseo de presentarse a Divino Juicio en compañía de las coplas que, como escolar nocherniego, cantara en su juventud por si de esta manera, ya que siempre fue bien recibido doquiera estuvo con la Tuna, alcanzaba las indulgencias del Creador para ciertos pecadillos que, como todo el que respira, había cometido.

Nos pareció acertada la estratagema por lo que, llegado el día, se situó la Tuna tras el féretro, templó sus instrumentos y alzó sus voces al cielo, escoltándolo hasta el lugar señalado para su eterno descanso en el patio de las malvas, dedicándole un "Borrachito" de despedida que, a poco oyeron su letra, hizo llorar a toda su parentela:

Yo tengo dicho que cuando me muera

de tuno me han de vestir,

y que me acoplen unas botellitas y una guitarra

y voy feliz.

Yo tengo dicho que cuando me muera

de tuno me han de vestir,

por que más vale estar borrachito y así alegrito

irse de aquí.

No era esta la primera vez que la Tuna topaba con mórbidas andanzas. Años atrás fue reclamada para amenizar, a cambio de unas monedas con las que resarcir su vacía bolsa, una fiesta en la bodega del Hotel Oasis. Se mostraron los comensales alegres sin mesura, y todos bailaban, reían y hasta se revolcaban por los suelos con gran gozo. Acabó Medicina su actuación, y dio paso a un pasacalles con el que salir del recinto cuando, los dos tunos que formaban la retaguardia, Maese Canarito y éste menda, fueron parados en seco por una señora que, en actitud un tanto chulesca, les dijo:

-       Han de saber los señores tunos que nos importa un bledo lo que de nosotros cabilen.

    Respondió entonces uno de ellos:

-       Voto a bríos, vive Dios, cago en diez y llevo una, que no os comprendo o no logro a ver vuestra ofuscación. Nos hemos trovado en todo tipo de ceremonias, ya sean bodas, bautizos, comuniones o cualquier otro tipo de banquetes, y en unos es la gente más animada y en otros menos, siendo éste de los que más, pero nada nos extraña que curados estamos de espanto.

Y como cabía esperar, replicó la dueña dejándolo boquiabierto:

-       Es el caso  que esto no es boda, ni bautizo, ni comunión, ni siquiera banquete de los muchos que se usan. Celebramos aquí un entierro.

Asintieron los tunos, se despidieron de la canosa y contaron lo sucedido al resto con admiración y sorpresa.

En esos días se comprendió cuán difícil es sanarse de sobresaltos, y como ellos no lo estaban a Dios gracias.   



(1) Me cupo a mí recibir la llamada que solicitaba nuestros servicios y llegué a colgar el teléfono a mi interlocutor en tres ocasiones. A la cuarta di en creérmelo pues extrañaba tanta perseverancia en un bromista y, a más abundar, porque me dijo que si no conseguía hallar tuna que cumpliera los deseos del difunto tenían los allegados en mente una solución de urgencia, que no era otra que plantar un casete encima del ataúd con una cinta de canciones de tuna, lo que se me antojó cutre a más no poder e indigno para quien debió ser en vida un tuno de carácter, pues no a otro se le hubiera ocurrido hacer esa prevención en su testamento.