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La Tuna, ¿vocación altruista de vida estudiantil y bohemia o negocio?

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Juan Carlos Talavera Velezmoro. Investigación personal. 2013.


quotidiania delirante

Pocas son las veces que la tuna aparece en una novela gráfica o historieta. Para el caso tenemos una pequeña historia llamada “Clavelitos” que forma parte de la obra Quotidiania Delirante del dibujante Miguelanxo Prado, donde critica la realidad vivida por algunos tunos que se quedaron estancados. Ésta es una de las pocas críticas hechas a la tuna que puede considerarse seria. Ignoremos por el momento los argumentos “pseudo progres”, que poco o nada de sustento tienen, ni con lo que es la tuna, ni con su historia.

La tuna es una actividad cultural bastante difundida en diversas universidades, en especial en las de herencia hispana, sean europeas o americanas. En esencia es una costumbre estudiantil, o al menos ese es el sentido inicial. Suele decirse desde hace unas décadas que se es tuno hasta morir. El vínculo con el grupo, considerado como una fraternidad académica, no se diluye a pesar de dejar de ser estudiante. Este sentimiento hace que las tunas tengan miembros permanentes, aunque no necesariamente en actividad. Son las nuevas generaciones quienes se encargan de transmitir las costumbres a quienes les sucederán.

Para muchos siempre hay ocasión para volverse a poner el traje y acompañar a la tuna. Otros colaboran con el grupo dando un aporte musical, logístico o simplemente fraternal. Pero ¿qué pasa cuando abusamos de la tuna?

Hay “tunos” que se dedican a utilizar a la tuna como una herramienta de “trabajo”. A este tipo de personas les gustan los contratos extra oficiales (casi siempre secretos), gestionados por ellos aprovechando el prestigio construido por las tunas que actúan oficialmente. Ahí llevan a “sus amigos”, sea un grupo selecto o “pseudo-elite” de la propia tuna o, en todo caso, le pasan la voz a gente de otras universidades para evitar complicaciones. Todo en función de la propia satisfacción.

Con este actuar se socava la agujereada economía de la tuna que se auto sustenta humildemente como grupo estudiantil. No quede la menor duda: es una competencia desleal. Estas personas compiten sin reparo alguno contra sus propias fraternidades que luchan cada centavo para comprar buenos instrumentos, trajes, comida y transporte con el único ánimo de cumplir con sus objetivos culturales.

Salir a una noche de bohemia, compartir con los amigos para hacer música, es algo bueno. Antiguos y nuevos se juntan a pasar un momento de recuerdos y risas. Si se obtiene algo durante la aventura enhorabuena. Si no es así lo importante es el momento vivido celebrando la fraternidad. Pero hacer de las artes y costumbres de una tuna objeto de interés particular, siempre en desmedro del bien común es una vileza. Ya se dijo que uno no da lo que no tiene en el corazón.

También hay caraduras que se presentan en restaurantes pasando la pandereta, que de ser jóvenes y estudiantes podría tolerarse, pues se aprende humildad de una actividad honesta. En lugar de eso sus kilos, calvas y canas–sin mencionar el ego- solo dibujan una parodia triste de quien aspiró a ser ya sea un académico o un buen músico alguna vez. Con esta figura es la que nos confronta Miguelanxo Prado.

Aclaremos, no está mal vivir de la música. Es una profesión honorable como cualquiera, y hasta más por su capacidad de unir culturas. Genios hoy inmortales grabaron sus nombres en la historia con sus obras musicales. Los pueblos transmiten su identidad y sentir a través de la música. Ser músico profesional, o amateur, es una bendición. El problema es que quien quiera hacer de la tuna un trabajo no se hará rico ni hallará fama alguna. Por el contrario, generará miseria material y espiritual, perjudicando una bella costumbre universitaria.


Publicación: 30/08/13