Conocer el pasado para valorar la tradición
Félix O. Martín Sárraga
ORCID: 0000-0001-7451-0984
Toda tradición necesita memoria. Pero la memoria, cuando pretende explicar el pasado, no puede descansar únicamente en aquello que una comunidad ha repetido acerca de sí misma. Necesita documentos, fechas, nombres, imágenes y testimonios que permitan conocer cómo se desarrollaron realmente sus prácticas a lo largo del tiempo. En el caso de las tunas universitarias, esta distinción resulta especialmente importante porque su extraordinaria capacidad para conservar y transmitir símbolos, relatos y ceremonias ha favorecido también que elementos pertenecientes a épocas muy diferentes terminasen integrándose en una narración común sobre sus orígenes.
Conocer documentalmente ese proceso no debilita la tradición de la tuna. Al contrario: permite comprender su verdadera dimensión histórica y, precisamente por ello, valorarla mucho más.
La antigüedad de una tradición no debería medirse por la posibilidad de hacer retroceder artificialmente sus orígenes hasta el periodo más remoto posible. Una tradición adquiere valor histórico por su capacidad para permanecer, transformarse y ser transmitida entre generaciones. Desde esta perspectiva, distinguir qué elementos pertenecieron realmente a los estudiantes medievales y del Antiguo Régimen, cuáles aparecieron durante el siglo XIX, cuáles fueron incorporados por las estudiantinas y cuáles terminaron integrándose en las tunas universitarias contemporáneas no fragmenta su historia: la hace inteligible.
La documentación histórica permite observar precisamente esa continuidad dentro del cambio, pero también distinguir las discontinuidades que impiden confundir fenómenos separados por siglos y pertenecientes a contextos sociales y culturales diferentes.
Sabemos que los estudiantes universitarios de siglos pasados estuvieron sometidos a normas específicas de indumentaria y comportamiento; que determinados escolares pobres recurrieron a distintas formas de asistencia y subsistencia; y que, durante el siglo XIX, aparecieron agrupaciones estudiantiles vinculadas al carnaval que constituyen el antecedente documentado de las estudiantinas y tunas universitarias aparecidas posteriormente. Aquellas agrupaciones incorporaron instrumentos musicales, repertorios, disfraces y formas de representación pública propias de la cultura festiva decimonónica. Paralelamente, determinadas imágenes costumbristas construyeron poderosos estereotipos sobre el estudiante antiguo que acabarían proyectándose retrospectivamente sobre la historia de la tuna.
Cada una de estas etapas posee su propia cronología y responde a circunstancias históricas diferentes. La existencia de estudiantes pobres en épocas anteriores no demuestra, por sí misma, la existencia de la tuna, del mismo modo que compartir determinados comportamientos no establece necesariamente una filiación histórica entre quienes los practicaron. La continuidad debe acreditarse documentalmente, no presumirse por semejanza.
Precisamente ahí reside buena parte de la riqueza de la tradición.
Cuando se conoce la fecha aproximada en que apareció una determinada prenda, cuándo comenzó a utilizarse un instrumento, cuándo se documenta una costumbre o de qué manera cambió el significado de una palabra, aquello que antes era simplemente «tradicional» adquiere profundidad histórica. Deja de ser un elemento aislado para convertirse en el resultado de una trayectoria humana que puede reconstruirse.
Un traje deja entonces de ser solamente un traje. Una canción deja de ser únicamente una canción. Una costumbre deja de justificarse simplemente porque «siempre se ha hecho así».
Cada elemento comienza a contar una historia.
Y esa historia puede resultar mucho más fascinante que la leyenda.
La tradición no necesita un pasado imaginario
Existe una tendencia comprensible en muchas instituciones antiguas a buscar legitimidad mediante la mayor antigüedad posible. Cuanto más remoto sea el origen atribuido a una práctica, parece suponerse, mayor será su prestigio. Este mecanismo ha intervenido en la construcción histórica de numerosas tradiciones culturales, religiosas, militares, universitarias y festivas.
Las tunas no han sido una excepción.
Durante generaciones se difundieron explicaciones que establecían una continuidad prácticamente directa entre los escolares pobres de las universidades medievales y del Antiguo Régimen y las tunas contemporáneas. Esa interpretación permitió construir un relato sencillo, atractivo y fácilmente transmisible. Sin embargo, la documentación disponible no acredita esa pretendida continuidad medieval.
A ello se añade un riesgo metodológico especialmente importante: el anacronismo en la lectura de las fuentes literarias del Siglo de Oro. Las novelas, comedias y relatos de los siglos XVI y XVII contienen abundantes referencias a estudiantes, escolares pobres, músicos, criados, pícaros y personajes que recurren al ingenio para subsistir. Leídas desde el presente, algunas de sus conductas pueden resultar sorprendentemente familiares: cantar, tocar instrumentos, pedir ayuda, viajar, gastar bromas o participar en celebraciones. Pero reconocer en ellas comportamientos que también encontramos siglos después no autoriza a identificar a aquellos personajes como «tunos» en el sentido histórico que posteriormente adquirió el término, ni a convertirlos retrospectivamente en miembros de una institución que todavía no existía.
El problema surge cuando se parte de la tuna contemporánea y se buscan hacia atrás rasgos que permitan reconocerla. Ese procedimiento invierte el método histórico: en lugar de reconstruir un fenómeno desde las categorías, documentos y significados propios de cada época, proyecta sobre el pasado una realidad posterior y selecciona como antecedentes aquellos elementos que se le parecen. Una semejanza de comportamiento puede ser relevante para estudiar prácticas estudiantiles de larga duración, pero no demuestra por sí misma una continuidad institucional, cultural o identitaria.
La literatura del Siglo de Oro constituye, por supuesto, una fuente extraordinariamente valiosa para conocer representaciones sociales del estudiante de su tiempo. Pero debe ser leída como testimonio de su propio contexto histórico, distinguiendo además entre representación literaria y práctica social documentada. Un estudiante pobre del siglo XVII que canta para obtener unas monedas nos informa sobre determinadas estrategias de subsistencia estudiantil; no demuestra por ello la existencia de una tuna universitaria barroca. Llamarlo «tuno» con el significado que esa palabra adquirirá mucho después equivale a introducir en la fuente una categoría que no necesariamente pertenecía al universo cultural de quien la escribió. Realmente se le estaba llamando "pordiosero" y "vagabundo".
Esta precaución resulta fundamental porque permite distinguir entre antecedente, semejanza y filiación histórica. No todo aquello que precede a una tradición constituye necesariamente su origen, y no toda semejanza demuestra descendencia. Para establecer una genealogía histórica es necesario documentar los mecanismos de transmisión que enlazan unas prácticas con otras a través del tiempo.
Cuando aplicamos ese criterio, el panorama se hace mucho más nítido. La documentación sitúa la formación del fenómeno del que derivará la tuna universitaria en un contexto mucho más próximo y documentalmente reconocible: las estudiantinas carnavalescas desarrolladas durante el siglo XIX.
Este desplazamiento cronológico no empobrece la historia de la tuna. La libera, en realidad, de la necesidad de sostener una genealogía para la que no existe una cadena documental demostrable y permite estudiarla dentro del contexto cultural que explica efectivamente muchas de sus características.
La tuna universitaria no pierde valor porque su origen no pueda remontarse documentalmente a la Edad Media. Del mismo modo que una catedral no pierde importancia porque sepamos distinguir qué parte pertenece al siglo XIII y cuál fue reconstruida en el XVIII, una tradición cultural no pierde autenticidad cuando identificamos las diferentes épocas que dejaron huella en ella. Sucede exactamente lo contrario. Conocer esas capas históricas permite apreciar la obra colectiva realizada por generaciones sucesivas.
El siglo XIX resulta, en este sentido, decisivo. El carnaval proporcionó un espacio extraordinariamente fértil para la aparición de comparsas de estudiantes y estudiantinas, para la experimentación con indumentarias evocadoras del estudiante antiguo, para la incorporación de instrumentos y repertorios musicales y para la creación de una imagen pública que acabaría adquiriendo vida propia. Lo que inicialmente pertenecía al ámbito festivo y carnavalesco fue progresivamente transformándose, institucionalizándose y vinculándose de nuevas maneras con el mundo universitario.
Cada época recibió determinados elementos, conservó unos, abandonó otros e incorporó nuevos significados. La tradición puede entenderse así como una construcción histórica acumulativa: no como una pieza arqueológica que hubiese permanecido inmutable desde la Edad Media, sino como un patrimonio vivo sometido constantemente a procesos de selección, adaptación y transmisión. Esa capacidad de transformación constituye precisamente una de las razones de su supervivencia.
Del mito heredado al patrimonio documentado
La investigación histórica permite además realizar un tránsito fundamental: pasar de una tradición basada principalmente en relatos heredados a otra consciente de su propio patrimonio documental.
Fotografías, reglamentos universitarios, expedientes administrativos, programas de actuaciones, partituras, correspondencia, prensa histórica, literatura costumbrista, caricaturas, grabados y testimonios personales permiten reconstruir aspectos de la vida estudiantil que durante décadas permanecieron ocultos tras explicaciones simplificadoras.

Especial importancia adquiere la prensa histórica del siglo XIX, porque permite seguir prácticamente sobre el terreno la aparición y evolución de estudiantinas y comparsas estudiantiles, conocer sus actuaciones, integrantes, repertorios, indumentarias y desplazamientos, y observar cómo fue transformándose la percepción social de estas agrupaciones. Frente a una genealogía construida retrospectivamente, los documentos permiten reconstruir una historia fechada y contrastable. Cada documento recuperado devuelve nombres, lugares y circunstancias concretas a quienes participaron en esa historia.
Sabemos entonces quiénes fueron aquellos estudiantes, cómo vestían realmente, qué música interpretaban, dónde actuaban, cómo eran recibidos por la sociedad de su tiempo y qué significado atribuían ellos mismos a sus actividades. La tradición deja así de habitar exclusivamente en el territorio de la leyenda para entrar en el de la experiencia humana. Y eso tiene una consecuencia especialmente importante para las tunas actuales: permite reconocer como antecesores culturales a personas reales, no a personajes imaginados retrospectivamente.
Hay una enorme diferencia entre afirmar genéricamente que «esto se hace desde la Edad Media» y poder mostrar cómo una práctica concreta apareció, se transformó, desapareció, reapareció o fue transmitida a través de documentos fechados. La segunda posibilidad posee mucha mayor fuerza cultural.
Conocer para conservar
La investigación histórica cumple también una función patrimonial. No puede conservarse adecuadamente aquello cuyo significado se desconoce.
Una fotografía antigua sin identificar puede convertirse en una simple curiosidad. Cuando conocemos quién aparece en ella, dónde fue tomada, en qué fecha y qué acontecimiento representa, se transforma en un documento histórico. Lo mismo sucede con los objetos, canciones, insignias, instrumentos, expresiones y ceremonias conservados por las tunas. Documentarlos permite establecer procedencias, cronologías y contextos. Y esa información proporciona herramientas para decidir qué merece conservarse y cómo debe transmitirse.
La historia, por tanto, no dicta a las tunas cómo deben vivir actualmente su tradición. Esa decisión corresponde a quienes forman parte de ella. Lo que la investigación puede hacer es proporcionarles algo mucho más útil: la posibilidad de saber qué están conservando. A partir de ahí, mantener, modificar o recuperar una costumbre deja de ser un acto inconsciente y se convierte en una decisión cultural informada.
Una tradición secular no necesita ser eterna
Tal vez una de las consecuencias más importantes del conocimiento histórico sea comprender que una tradición no necesita haber existido desde tiempo inmemorial para ser extraordinariamente antigua.
Las tunas universitarias poseen ya una trayectoria histórica suficientemente extensa, compleja y documentable como para no necesitar genealogías medievales artificiales. Su raíz carnavalesca decimonónica no disminuye su antigüedad: permite situarla en un proceso histórico que puede ser estudiado y demostrado documentalmente.
Generaciones de estudiantes han cantado, viajado, creado agrupaciones, transmitido repertorios, conservado símbolos y establecido vínculos personales alrededor de ellas. Han atravesado cambios políticos, sociales y universitarios; han desaparecido en determinados lugares y reaparecido en otros; han cruzado fronteras y océanos; y han generado formas culturales que posteriormente fueron reinterpretadas en diferentes países. Ese proceso histórico constituye por sí mismo un patrimonio formidable.
Conocerlo permite sustituir la necesidad de proclamar una antigüedad legendaria por algo intelectualmente mucho más sólido: la conciencia de poseer una tradición secular documentada. No se trata, por tanto, de elegir entre historia y tradición. Se trata de comprender que la historia puede convertirse en la mejor aliada de la tradición.
Investigar cuándo apareció cada elemento, cómo evolucionó, quién lo transmitió y qué significado tuvo en cada época no destruye el relato colectivo de las tunas. Lo hace más rico, más preciso y, sobre todo, más humano porque detrás de cada fotografía, cada viaje, cada canción y cada vieja noticia de prensa hubo estudiantes concretos que vivieron su presente sin saber que algún día formarían parte del pasado de otros. Conocerlos es recuperar esa cadena de transmisión. Y quizá ahí se encuentre la mejor manera de entender qué significa realmente una tradición secular: descubrir que, pese a haber cambiado tantas cosas desde aquellas primeras estudiantinas decimonónicas, generación tras generación hubo estudiantes que consideraron que algunas merecían continuar activas y que sus valores debían ser transmitidos. Ese conocimiento no resta valor a la tradición, se lo devuelve.
Publicación: 24/08/2026


